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El pueblo a la tele (prólogo de Mucha tele)

El pueblo a la tele, por Ávaro Díaz

Prólogo del libro Mucha tele: una historia coral de la TV en dictadura (2023), de los periodistas Rafael Valle y Marcelo Contreras. Publicado por cortesía del Fondo de Cultura Económica.

No se necesitó redactar ni una sola norma ni gastar millones en propaganda o programación proselitista para que la dictadura chilena tuviera una televisión hecha a su medida. Por ser cosa de vida o muerte, el Golpe y su criminal estela bastaron para que la línea de la prudencia se corriera cada vez más en favor del silencio y la banalidad. Sin competencia en el área de la entretención gracias al toque de queda, el cierre de boliches y el desmantelamiento de la escena artística, y obligada a buscar recursos en la publicidad tras el fin de toda subvención estatal, la televisión chilena encontró a mediados de los 70 la pista libre para crecer exponencialmente, estimulada por las reglas del mercado y destinada por descarte a cumplir el rol de bulliciosa plaza pública de un país sin vida ciudadana. 

Pertenezco a la mayoría silenciosa de privilegiados que practicamos ese contradictorio placer de considerar a la televisión una basura y consumirla sin remordimientos. Hace 40 años, su nocividad para los niños era creencia instalada. Se racionaba por horas según rendimiento escolar y comportamiento, o solo se permitía ver programas educativos e inocuos. En algunas casas, aunque sobraran los recursos, para evitar la tentación ni siquiera existía el aparato. El troncal Negrete, por ejemplo, era un programa que no dejaban ver a muchos niños. Protagonizado por el humorista Ronco Retes, trataba sobre el devenir de un equipo de fútbol poblacional. Su lenguaje procaz era considerado una mala influencia por algunos padres. El Festival de la una también cargaba con el estigma de ser un programa ordinario, pero ahí se volvía difícil el control parental: lo daban todos los días a la descampada hora de almuerzo. La alternativa era ver Almorzando en el Trece, una lata infumable. El Festival de la una era genuinamente popular. Se grababa los martes en Chilefilms y la mamá de un amigo, que vivía en la misma calle de los estudios, reclamaba porque el público dejaba todo cochino mientras hacía cola para entrar.

Más de algún sábado me quedé en cama viendo Sábados gigantes. No había razón para levantarse. El programa duraba toda la tarde, y en un periodo incluso se extendía hasta casi la medianoche con el late Noche de gigantes. Tenía de todo: cantantes, humoristas, concursos, números de variedades y drama humano. Lo animaba un tipo impune, básico y encantador, rodeado de lo más parecido a una escena artística que podía existir en esos años. “Yo llevé el pueblo a la tele”, dice su creador y conductor, Mario Kreutzberger, Don Francisco, en una de las páginas de este libro. Y tiene razón. No llevó al Pueblo con mayúscula, ese ente teórico, consciente, luchador, organizado, virtuoso, digno (y ajeno) de la Unidad Popular, sino al pueblo con minúscula. Tías risueñas y gordas, jardineros, mecánicos, cajeras de supermercado, ancianos encorbatados. Gente temerosa de los cambios, que se reía con cualquier tontera, se impresionaba con novedades de feria, quería matar el tiempo y salir en cámara. Un mundo apenas urbano, que conocía el rigor y no estaba para complejidades. También, una clase media bonachona y de pocas luces. Personas que parecían sacadas de los primeros Condoritos: enfrentaban la vida como un cúmulo de situaciones tan adversas como soportables. Y si había una élite, era esa que mezclaba militares con sus compinches civiles, un mundo decadente de uniformes, corbatas y trajes largos que se lo pasaba en cócteles, tramaba negocios turbios con empresas que habían sido del Estado y solo se lanzaba al desmadre en rincones secretos y horarios prohibidos.

Marcelo Contreras y Rafael Valle, al dejar que sean los protagonistas quienes cuenten la historia, permiten su justa ponderación. Eran por sobre todo gente normal, ingeniosa y talentosa a veces, haciendo su trabajo sin grandes cuestionamientos, preocupada de rellenar la programación con cosas sencillas, nada que pudiera molestar o ser malinterpretado. Reinaba la austeridad, al menos en un comienzo. El miedo era rutinario y no necesitó de una gran estrategia para instalarse; con la sombra de Pinochet bastaba. Y aunque los abusos de poder, ajustes de cuentas y pequeñas miserias no fueran cosa ajena, estaban los excesos kitsch de Televisa y Venevisión, que se tomaban la pantalla entre las tres y las cinco de la tarde con sus telenovelas.

Mario Kreutzberger, Enrique Maluenda, el Tío Memo y la Tía Pucherito, el pervertido buzón Preguntón, Cucho Inostroza, Andrea Tessa, Pato Bañados, Gloria Benavides, en fin. Los nombres que dan vida a Mucha tele poco y nada dicen para las nuevas generaciones, pero quienes crecimos con un televisor National Panasonic blanco y negro en la pieza y teníamos que cambiar de canal con un alicate, porque se había roto el selector, encontraremos en estos testimonios ya alejados de la estelaridad el relato honesto, sin culpas ni parafernalias, de esa parte de la historia que no da para efemérides pero construyó una buena parte del imaginario de años lóbregos.

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